Juan Carlos Corvera intervino en el V Encuentro de Sociedad Civil

La intervención del presidente de Educatio Servanda, que abordó la relación entre familia y escuela, fue muy aplaudida por el público, el cual recibió con interés sus propuestas, dando pie a un intenso debate.  Junto a Corvera intervinieron en el Encuentro personalidades como Esperanza Aguirre, Benigno Blanco o Pérez Rubalcaba. A continuación reproducimos la conferencia íntegramente.

La breve ponencia de Juan Carlos Corvera, que reproducimos seguidamente se enmarca en el V Encuentro Nacional de la Sociedad Civil que, bajo el lema “Educación y libertad en la enseñanza en el siglo XXI: Retos y desafíos”, y organizado por la Fundación Independiente, tuvo lugar en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales en noviembre.

FAMILIA Y ESCUELA, por Juan Carlos Corvera Córdoba

Lo que les voy a contar a continuación es fruto de mi experiencia desde hace más de veinticinco años como educador en entornos no reglados, con jóvenes europeos de más de quince países; desde hace once como iniciador y presidente de una fundación educativa que tiene en la actualidad diez centros de enseñanza, es decir, en contacto permanente con familias, docentes, alumnos y administraciones educativas; y como padre de familia de 4 hijos, dos niños y dos niñas, de edades entre los 7 y los 15 años

1.- Educar en familia

Analicemos el título de la mesa: Educar en familia. ¿Qué hace falta para educar en familia? Parece evidente que lo primero es… la familia.

El contexto actual de las familias en Europa y en España se caracteriza por una enorme inestabilidad. En nuestro país, por cada diez matrimonios se producen entre seis y siete separaciones, una media superior a la europea, que se halla por debajo de cinco. Las separaciones y rupturas de parejas de hecho no pueden medirse, ya que no existe registro alguno, si bien resulta poco probable que, de existir, “acudieran” a mejorar esta estadística.

Todos podemos comprender que la educación requiere de un contexto familiar estable; un núcleo donde las relaciones entre padres, hijos y hermanos -si los hay- estén presididas por la concordia y el amor mutuo entre todos. Las rupturas de los hogares, muchas de ellas traumáticas, constituyen la gran pandemia de la familia en nuestra época, lo que añade una dificultad objetiva muy importante al, ya de por sí, complejo arte de la educación.

En casos extremos, pero no poco frecuentes… los padres llegan incluso a utilizar a los hijos como armas arrojadizas entre las partes, cosificándolos y, por tanto, despojándolos de su dignidad humana y de su derecho fundamental a “la comprensión y al amor de los padres y de la sociedad”.

A menudo, las familias que no se han roto tienen problemas para “construir familia”. El poco tiempo disponible de los padres, o el uso inadecuado de las tecnologías de la información, constituyen dificultades adicionales de nuestro tiempo. En lo que respecta este campo existe una gran contradicción: somos la sociedad más conectada, y sin embargo las herramientas que nos “conectan” conllevan el alto riesgo de encerrarnos, cada vez más, en nosotros mismos. Esta tendencia se hace particularmente acusada en los jóvenes, abocándoles en ocasiones a un estado de autismo tecnológico.

Para educar, ya sea en la familia, o fuera de ella, hace falta conjugar tres verbos fundamentales: querer, poder y saber, o lo que es lo mismo: amor, tiempo y criterio.

No es posible educar sin amor. Para educar es preciso querer, es decir, amar. No es un auténtico educador aquel que no se deja algo de sí mismo en cada persona que educa, y nadie se entrega de corazón si no es por amor.

La educación es… ¡debe ser! un acto de amor. Esto lo experimentamos de manera excepcional los padres. Estoy bastante de acuerdo en la tradicional expresión de que “la letra con sangre entra”, pero a condición de que la sangre de la que hablemos sea la del educador.

El siguiente elemento imprescindible es el tiempo. Qué decir del tiempo… Nuestra sociedad es vertiginosa, nos falta tiempo, vamos corriendo a todos sitios.

  • ¿Dónde vas tan deprisa?
  • No lo sé… ¡pero déjame que llego tarde!

Tenemos poco tiempo y el que tenemos lo consumimos a toda velocidad. A veces nos excusamos a nosotros mismos hablando de “tiempo de calidad”, pero lo hacemos únicamente para tranquilizar nuestra conciencia, como si pudiera ser cualitativo un tiempo ridículo en términos de cantidad.

La velocidad también introduce nuevos elementos en la educación; la inmediatez se ha convertido en una necesidad. Nuestros alumnos, nuestros hijos, quieren las cosas que piden para ya, inmediatamente. Por eso es necesario educar en la espera a nuestros hijos, a nuestros jóvenes. En educación se cocina a fuego lento.

El tercer factor que tenemos que considerar a la hora de educar, el criterio, no es menos importante. Cuando aludo al criterio no hablo de conocimientos pedagógicos profundos, ni de grandes teorías antropológicas. Me refiero más bien al sentido común educativo, a ese sentido que, en condiciones normales, se adquiere con la experiencia de la vida y se transmite de manera natural de padres a hijos.

Desde los centros escolares percibimos una creciente dificultad a la hora de gestionar unas pautas educativas mínimas para la educación de los hijos. Conceptos como límites, autoridad, castigo…  parecen haber desaparecido de la maleta de “herramientas del educador” donde sólo quedan otras, las cuales, siendo también necesarias, han de combinarse con las anteriores: confianza, dejar hacer, autoconstrucción, gamificación, aprendizaje colaborativo, etc

La familias de hoy tenemos dificultades para mantenernos unidas, los padres no tenemos tiempo, y necesitamos un mayor criterio educativo. En este contexto de dificultades objetivas, los padres corren, corremos, el riesgo de “echar balones fuera”, de “achicar agua” trasladando a las escuelas una función educativa que es tarea fundamental de los padres en la familia.

Ahora bien, amamos a nuestros hijos y el amor es el más importante de todos los elementos necesarios para educar. El amor es capaz de sacar tiempo de debajo de las piedras, de pedir criterio a quien puede ayudarnos en las situaciones más complejas, etc. Querer es poder. El amor es la gran palanca. El  amor de un padre, de una madre por sus hijos es del todo incondicional, algo que aún nadie ha conseguido erradicar de la naturaleza humana.

Y es que la educación de los hijos es un derecho primario, original e inalienable de los padres. Primario, porque los progenitores son los primeros adultos con los que se encuentra un niño, su lugar primigenio de desarrollo inicial. Original, porque en los padres se encuentra el origen de la vida misma de ese niño que debe ser educado. E inalienable, porque nadie puede privar a las familias de este derecho. Un derecho fundamental, desde luego, pero ante todo… un deber del que las familias no podemos abdicar porque no tengamos tiempo, o porque no sepamos muy bien cómo hacerlo.

Cuando esto ocurre, y ocurre con relativa frecuencia, los niños adolecen de una correcta educación en sus primeros años de vida; llegan al colegio con un déficit conductual y educativo que interfiere profundamente en el desarrollo de la escolarización, en el trabajo en el aula, y en la función, también educativa, pero subsidiaria, del maestro. En cuyo caso, el profesor dedica parte del tiempo que tiene para enseñar, a tratar de mantener el orden en clase.

Los maestros y los padres entran demasiado a menudo en conflictos basados en la “confusión”, en el reparto de tareas que se hallan en el orden ontológico de las cosas. Se ha producido un corrimiento de tareas, y éste ha terminado por desestabilizar también a la escuela, la cual ya tiene de por sí sus propios problemas, y no pequeños.

Existe entre la familia y la escuela, entre padres y profesores, un desafecto creciente que atenta contra el más elemental sentido común, dificultando enormemente un proceso educativo que es necesario recomponer urgentemente.

En semejante tesitura, debemos recordarle a la familia que su protagonismo en la educación de los hijos incluye también “entrar” en la escuela.  Pero… ¿cómo? Si consiguiésemos que la familia quisiera verdaderamente hacerlo ¿sería posible, en términos reales, con la estructura y la organización actual de la escuela?

Aun siendo consciente de que el condicional “si consiguiésemos…” ya supone un verdadero reto, ¿qué tendría que cambiar en la escuela para poder hacerlo realidad?

2.- La escuela y la familia

El origen de la escuela actual se sitúa en Prusia a finales del siglo XVIII. La potencia hegemónica del continente en aquel momento desarrolló los rudimentos de lo que se acabaría convirtiendo años después en Francia en la escuela gratuita, obligatoria y de contenidos controlados por el Estado que conocemos hoy.

Hasta el momento de la consolidación del sistema actual, todas las experiencias educativas anteriores carecían de estas características, que han terminado por darle forma a la escolarización en prácticamente todo el mundo moderno.

Si pudiésemos reducir a dos los pilares fundamentales sobre los que se asienta la escuela en su origen, deberíamos elegir, sin dudarlo, el pensamiento ilustrado y la revolución industrial.

El contexto cultural en el que se desarrolla la escuela obligatoria es el de la ilustración (segunda mitad del S. XVIII, primera mitad del S. XIX) que, como todos sabemos, tuvo una enorme influencia también en la conformación de la “cultura” de la escuela. El positivismo, el cientificismo, el racionalismo, marcaron profundamente los contenidos y la línea de pensamiento de la escuela naciente.

Las ideas filosóficas sobre la naturaleza del hombre, plasmadas en el Émile (1762) de Rousseau, junto con las bases del famoso discurso, Plan de Raport, de Condorcet (1792),  conforman las claves pedagógicas de la escuela pública laica de la nación francesa. Es el final del proceso de cambio de una escuela prusiana de corte militar, de inspiración espartana, a una escuela laica de formación del pensamiento.

El otro gran acontecimiento que influyó notablemente en la formación de la escuela obligatoria fue la Revolución Industrial (1820-1840), en la que ya estaban inmersos el continente europeo y parte de américa del norte.

La revolución industrial tuvo su efecto fundamental en la parte organizativa de la escuela. La relación entre la forma de organizar las fábricas y la escuela, aún a día de hoy, es más que evidente: timbres para separar las horas de “trabajo” y descanso, enseñanza “paquetizada” en “lotes” de edad, edificios con diferentes estancias para diferentes actividades, etc.

No es objeto de esta mesa profundizar en el análisis de cómo estos dos factores han influido hasta nuestros días en la conformación de la escuela actual. Mucho menos, exponer las razonables críticas a dicho sistema y, menos aún, desarrollar propuestas adaptadas al macro-contexto del Siglo XXI.

Baste este brevísimo, y por tanto imperfecto, recorrido histórico del origen de la escuela actual, para darnos cuenta de que la familia no aparece por ningún lado… Se le mantuvo al margen del proceso de escolarización,  también del proceso de industrialización, y, por supuesto, del proceso de formación del pensamiento de los alumnos, canalizado mediante los contenidos de la escuela.

A lo largo del tiempo se consolidó un modelo escolar en el que, desde el principio, se disocian la función educativa, reducida al contexto familiar, y la función de la escuela, básicamente instructiva, e impartida en el centro escolar.

A pesar de lo cual, no parece que en nuestros días las administraciones opten por reformas educativas favorables a integrar la familia en el proceso escolar. Lejos de ser así, los signos apuntan de manera preocupante en la dirección contraria.

Tampoco parece que la escuela atraviese por su mejor momento en España: las cifras PISA expresan el resultado de una errática política educativa que no encuentra su modelo. Sabemos que no es un problema ni de dinero, ni de ratios alumno-profesor, pues en esta área  nos situamos en cifras más que razonables en relación con nuestros vecinos europeos.

¿Es sensato haber tenido siete leyes educativas en menos de 50 años? Bien es cierto que no todas ellas han reformado por completo el modelo educativo, pero sí lo han hecho al menos cuatro de ellas y no hemos salido demasiado bien parados… Sea como fuere, una ley educativa cada 12 años, no constituye, en absoluto, un buen síntoma. Menos aún, si tenemos en cuenta que tales vaivenes son fruto de la politización de la enseñanza.

3.- Las familias, los padres como motor de la escuela

Es un hecho que la estructura sobre la que descansa la escuela actual no fue pensada para que la escuela y familias interactuaran. Ciertamente, a medida que las sociedades se modernizaban, fueron dándose pasos en esa dirección: Asociaciones de padres en los colegios, participación de representantes de las familias en el Consejo escolar de los centros, escuelas de familias… Se trata de iniciativas positivas, aunque, a mi juicio, insuficientes.

Durante el siglo XX, la disociación entre instrucción y educación en la escuela y la familia respectivamente actuaron como las dos ruedas de una bicicleta sobre las que un chico recorría el camino de su formación. Esta disociación no debe entenderse de manera completamente estanca. No sería ni justo ni cierto. Es evidente que en la escuela también se educa y en la familia se pueden recibir muchos contenidos intelectuales, etc. Sirva la distinción para marcar la función principal de cada una de las dos esferas.

No son objeto de análisis en esta ponencia, las escuelas concertadas o de ideario propio, basadas en los derechos constitucionales de la libertad de enseñanza y de la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones (art. 27.1 y 27.3 de la Constitución Española).

Pese a todo, la disociación entre educación en la familia e instrucción en la escuela, ha funcionado razonablemente bien hasta hace algunas décadas. La unidad de criterios fundamentales entre padres y maestros, el apoyo de los progenitores a los docentes en lo que respectaba al trabajo con sus hijos, así como el respeto a la figura del maestro, han sido algunas de las claves de ese engranaje.

La realidad de la familia, que hemos analizado de manera necesariamente sucinta por el tiempo, es que se halla cada vez más ausente del proceso educativo. Con demasiada frecuencia, los padres pretendemos que nuestra falta de tiempo (cualitativo y cuantitativo) para educar a nuestros hijos, sea suplido por los docentes en la escuela.

Por un lado, los profesores culpan a los padres por no educar bien a sus hijos, por tener que pasar la mayor parte de su tiempo de enseñanza, poniendo orden en la clase (por ejemplo), etc. Por otro,  los padres culpan a los profesores por enviar demasiadas tareas para trabajar en casa, cuando ellos han estado todo el día en el aula. En este punto, recuerdo las conclusiones de uno de nuestros Congresos de Educadores, celebrado por la institución que presido, hace ya algunos años. En aquella ocasión, se abordaba la relación entre padres y profesores. Pues bien, los unos y los otros se reclamaban mutuamente el ejercicio verdadero de su función.

Esta dinámica que, a mi juicio, se produce más de una manera inconsciente que consciente, ha terminado por provocar un desafecto entre padres y maestros que está perjudicando enormemente la educación armónica en ambas esferas.

Si a la disociación histórica estructural entre familia y escuela, le sumamos el reciente desafecto entre sus protagonistas… el fracaso está asegurado.

¿Cómo romper este círculo vicioso en el que, en general, nos estamos instalando con preocupante celeridad?

Mi propuesta no consiste, por supuesto, en dejar que la escuela asuma, en virtud de una especie de principio de suplencia, que los hijos sean educados en la escuela, sino más bien todo lo contrario: estudiar, investigar y proponer todo tipo de iniciativas para convertir a la familia en el verdadero motor de aquella.

La escuela, como el resto de instituciones educativas, ya sean laicas o religiosas, de las administraciones o de las iglesias, de tiempo libre, asociaciones deportivas, centros culturales, etc, son todas y siempre subsidiarias de la familia.

Es a los padres a quienes nos corresponde el gobierno de la educación de nuestros hijos, tanto en casa ¡como también en la escuela!. Por eso, se hace absolutamente imprescindible poder ejercer el derecho a la libre elección de centro escolar, sin cortapisas, sin fronteras artificiales. Aun siendo plenamente consciente de la complejidad del sistema, pienso que las administraciones deben esforzarse al máximo en aras de posibilitar que esta libertad se ejerza de la manera más completa posible.

Tan importante es esto como que los centros educativos, propongamos todo tipo de iniciativas que acerquen a los padres a la escuela. Pues no es un buen síntoma que los padres se relacionen exclusivamente con los tutores de sus hijos cuando hay problemas.

En consecuencia, resulta prioritario: recuperar primeramente la alianza educativa perdida entre padres y maestros, para después, dar un paso más y comenzar a pensar cómo hacer que los padres puedan implicarse en la escuela.

Sería motivo de otra ponencia apuntar nuevas pistas en este sentido, que quedarían aquí demasiado abiertas. Pero no parece posible que una reforma, aunque fuese profunda, del edificio decimonónico en el que habita nuestra escuela desde su origen, lo hiciese viable.

Antes al contrario,  para poder llevarlo a cabo, hemos de comenzar a proyectar un nuevo “edificio educativo”. Siguiendo con el símil, y puestos a ello, si de paso nos dejasen proyectar a cada uno nuestro propio edificio, las familias podrían elegir entre un “catálogo de viviendas” mucho más amplio, cumpliendo siempre, tal y como lo hacen aquellas, con determinadas normativas básicas que deben ser coordinadas por las administraciones.

Educatio Servanda
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