El primer significado que la Real Academia Española atribuye a este término, resulta altamente significativo: "Dícese de la persona u obra de mérito relevante entre las de su clase". Y es, precisamente, esa relevancia la que ha venido calificando a los maestros desde tiempos remotos. Es la relevancia de la persona del maestro, en la que destacan, además de los conocimientos sobre el saber, la humanidad entregada al servicio de enseñar y de descubrir a sus alumnos aquellos hitos que conformarán su iter vital. Es el encargado de revelar, o si se prefiere de desvelar, de quitar el velo, para que entre los pequeños, los adolescentes y los jóvenes florezca la verdad del conocimiento científico y que en ella participen con avidez, a fin de saciar las ansias de comprender y de abarcar lo desconocido, lo velado, lo oculto. Todo ello, desde una actitud generosa, desde una disponibilidad plena para el acompañamiento, atento siempre a la relación de fuerzas del alumno referidas a la tarea a desarrollar. Sólo así se asegurará el resultado pretendido; sólo de este modo se podrá evitar el desistimiento, la frustración o, en ocasiones, la angustia.
Pero si relevantes son los atributos personales de un buen maestro, relevante es también la obra que él realiza en la conformación de la persona que, un día adulta, estará llamada a prestar servicios notables a la comunidad en su conjunto para la consecución del bien común; es decir, el bien de todos y de cada uno de los ciudadanos. La obra del maestro es, en esencia, si se me permite el símil, semejante a la del alfarero o a la del constructor -en la dimensión en que las Sagradas Escrituras se refieren a esta figura-. El maestro cada día coloca un ladrillo más en la primorosa edificación que está realizando en la personalidad del discípulo como roca sobre la que asentarla. Una construcción armónica para que ese niño sea capaz de vivir en sociedad a la que engrandecerá con sus aportaciones y de la que se beneficiará por sus propias experiencias. Un maestro que al modo en que lo hace el alfarero irá configurando la niñez como cimiento para la adolescencia, sobre la que se construirá la juventud.
Es el maestro el que ensalzará su función al conectarla con la familia, convirtiéndose en atalaya eficaz para la siembra de las virtudes que constituirán el sustento del que se alimentará ese niño a lo largo de su vida. No se olvide que, en tiempos ya remotos, eran los maestros los que enseñaban con la docencia y con el ejemplo los elementos de urbanidad, para el buen comportamiento de las personas en una comunidad. El respeto a la verdad, la fidelidad a la palabra dada o al compromiso adquirido, el tributo a la amistad -aquella virtutis opinio de que hablaba Cicerón-, el sentido de la virtud de la caridad y de su práctica, la conciencia de nuestra responsabilidad personal con la res publica, etc.
Todo ello son actitudes personales que, o se siembran en la infancia y adolescencia, o nunca estarán presentes en el fuero interno de las personas, por lo que sería ilusorio esperar el desarrollo de una sociedad comprometida, en ausencia de tales virtudes. Y si hay que realizar la siembra en los primeros años de vida, es el maestro el que tiene la gran tarea de su revelación y el gran privilegio de poderla llevar a feliz término. Ese es el maestro que sin duda todos recordamos. Ese es el maestro de quien todos somos deudores. Ese es el maestro, referente para los discípulos y referente también para la sociedad.
Cuántas veces ha servido el maestro como referencia de la verdad y del bien, tanto en el seno de la familia, como en las tertulias de los cafés de antaño. Bastaba la cita de que "ayer dijo el maestro..." para que la cuestión no se pusiera en duda. Cuántas veces enmudecieron los padres ante la rotunda afirmación de los hijos de "pues el maestro nos ha dicho...". Es bien cierto que el maestro hoy ha sido sustituido por la televisión, oyéndose con frecuencia que "ayer dijo la televisión...", atribuyéndole de forma necia e irresponsable el mismo rango de veracidad que el que en tiempos pretéritos se confiaba al maestro. La diferencia no puede ser, sin embargo, más notoria. La sociedad que así otorga la credibilidad, en su tránsito ha pasado de la personalización de lo verídico y de lo bueno para la comunidad, a la referencia impersonal, pues, la atribución de confianza que se hace a la televisión, no llega, de ordinario, a concretarse en una persona y a veces ni siquiera en un programa.
Pero, aún suponiendo que la televisión, o cualquier otro medio de comunicación, fuera ejemplo de la verdad y muestra de rigor en su comunicación, ¿cabría imaginar su capacidad para suplantar la función ejercida por aquel maestro en que todos soñamos? ¿Dónde el acompañamiento? ¿Cuándo el apoyo ante el peligro de sucumbir? ¿Cómo la posibilidad de diferenciación, ante una audiencia que, por su propia naturaleza, es anónima?¿Pueden las llamadas de los televidentes -generalmente establecidas para la consecución de un fin mercantil- sustituir al nexo escuela-familia, o lo que es lo mismo, a la implicación, o si se prefiere complicidad, entre padres y maestros?
Siendo así las cosas ¿cómo se explica el alejamiento entre familia y escuela, entre padres y maestros? Un alejamiento que, en las situaciones más favorables, culmina en el desconocimiento y en el menosprecio, pero que en no pocas ocasiones se traduce en agresividad, no potencial o de palabra, sino que llegándose a la agresión física. No me imagino a aquellos maestros de que gocé en los años cuarenta del siglo pasado, víctimas de depresión o sujetos pasivos de traumas emocionales de carácter diverso. Es cierto que estaban mal retribuidos en lo monetario, pero no lo es menos que disfrutaban de abundante remuneración en lo afectivo, con un reconocimiento social, público y privado, no menor que el que se otorgaba a la profesión más reconocida.
Naturalmente que había que retribuir con justicia la función del magisterio, atendiendo a la misión que desempeñaba, pero, ¿habrá que concluir que es incompatible la remuneración con el reconocimiento a la dignidad y excelencia de la función? En un análisis económicos de las instituciones y de las profesiones, cabría afirmar que cuando se incrementa la retribución, más aún si lo hace en porcentajes superiores a las de su entorno, por pura racionalidad económica atraerá a personas que no habrían estado interesadas en tal misión en las condiciones anteriores. Si este principio se comprobase válido, nos llevaría a la lastimosa conclusión que existe una relación evidente de sustitución entre vocación y remuneración, estando dispuesto quien actúa guiado por la segunda a olvidar la primera, que es, precisamente, la que le concedió su tributo de admiración, respeto y reverencia.
Quizá, un signo ilustrativo de este fenómeno es el cambio que se produce en los términos al uso. En lo personal, el deseo y la realidad misma de sustituir la grandeza del vocablo "maestro" por el de "profesor", lo que supone un empobrecimiento de la misión confiada. El maestro lo es, o lo era, del todo, del conjunto de la persona en sus muy diferentes vertientes, mientras que el profesor lo es de la parte, las más de las veces desconectada del todo, y que por ello puede concluir en una contradicción en sus propios términos, en tanto que parte de una obra común. El maestro se configura como un oficio -también en el sentido que Cicerón da a este término- al que se consagra en totalidad, comprometiéndose íntegramente en la plenitud de la obra. El profesor, ejerce una profesión sobre una parcela, a veces minúscula, de la que se considera competente para enseñarla a aquel que la quiera aprender, y en un horario laboral predeterminado.
Cuanto más se parcela el saber y más se divide la persona a la que se dirige la acción docente y formativa, encontramos mayor abundancia de profesores y menor disponibilidad de maestros. Buena muestra de ello la encontramos en la última etapa educativa, la universitaria, la cual ha sido destrozada y hecha pedazos, como consecuencia de la extrema especialización. Así lo afirmaba Ortega con gran lucidez: "... durante mis años de estudio en Alemania he convivido con muchos de los hombres de ciencia más altos de la época; pero no he topado con un solo buen maestro."[1] El resultado final es mayor esterilidad en la función educativa y formativa, y mayor insatisfacción en los fines sociales que persigue todo proceso educativo: formar personas capaces de integrarse en la sociedad para contribuir a su desarrollo humano, económico y social.
Por otro lado, cuando más embargue a la sociedad la idea de que el maestro es un profesional que únicamente se responsabiliza de hacer llegar al alumno el saber comprendido en una micro-parcela, a la que con dificultad se le encontrará una justificación satisfactoria, tanto más oportunidades para la contestación social a la labor por él realizada. No estamos, entiéndasenos bien, ni justificando ni disculpando, y si se nos apura, hasta nos resulta de difícil comprensión, las actitudes de algunos padres de exculpación de los hijos, atribuyendo culpabilidad a sus maestros. Tal actitud, suicida para el fin que persigue el proceso educativo y perjudicial para el niño como niño, es reflejo de una disociación entre escuela y familia, cuando ambas persiguen, o deben perseguir, un fin común: la mejor formación del escolar que, por una lado vive en un ámbito familiar que debe serle propicio y coherente y que, por otro, desarrolla su aprendizaje y proceso formativo en la escuela.
Una necesidad ineludible.- La situación, por sí misma, es grave, y graves son también sus consecuencias, que ya se hacen patentes en la vida presente de cualquier comunidad. Es precisamente por esa gravedad, por la que, ni la actitud de ignorancia, al modo a como si nada pasase, ni la de fatalismo determinista, como si nada se pudiera hacer, son admisibles. Ambas son reflejo de una conducta elusiva de responsabilidades, propia de comunidades inertes que, habiendo perdido su rumbo, deambulan movidas por fuerzas erráticas, como las hojas otoñales lo hacen según la dirección y fuerza de los vientos.
Las familias que perciben la dimensión del problema y la sociedad civil en su conjunto -quizá haya que huir de las estructuras de poder, públicas o privadas, para esta afirmación, pues sus intereses pueden encontrarse en otro lugar-, están reclamando una acción decidida para recuperar la figura del maestro y situarla en el lugar relevante que tuvo en tiempos pretéritos. Se dirá por algunos que tratamos de volver hacia atrás, cuando de lo que se trata es de encontrar la razón de ser y la garantía de un proceso -el educativo-, sin el que la sociedad se sume en la ignorancia, en el conflicto como resultado de la incomprensión, y se adentra en el caos por su incapacidad de corregir los errores que brotaron de una alucinación que, como tal, nunca tuvo existencia real.
Somos conscientes de que las familias se sienten cada día más responsabilizadas por la dimensión económica que implica la convivencia familiar, relajando en cierto modo la misión educativa directa sobre los hijos. Ello les lleva a tener que confiar cada vez más aquella importante misión al proceso educativo formal en la escuela o colegio; en definitiva a los maestros. Hay que asumir esta confianza como el gran don que enaltece la misión del maestro. La respuesta no puede ser otra que la de un decidido "fiat", "hágase"; es la que reclama la confiada entrega que se hace del ser más querido en el seno familiar. La confluencia de objetivos y la asunción diferenciada de responsabilidades, cada uno según su cometido, asegurarán el éxito del fin perseguido.
Familia y escuela, padres y maestros, deben incentivarse sin interferirse. Las tareas están bien delimitadas. El proceso educativo en la escuela, en un escenario de humanidad y de sociabilidad, tiene mucho de técnica, de testimonio y de experiencia. El seno familiar, el más privilegiado para la enseñanza del amor debe ser el manantial inagotable donde el niño y el adolescente aprendan, con San Pablo, que sin amor nada son. Que en su vida, el "otro" debe incorporarse al "yo", de tal forma que no quepa marginación que, si se inicia, concluirá necesariamente en exclusión. Todo lo suyo me concierne y todo lo mío está a su servicio. Estas enseñanzas favorecerán la labor del maestro y las del maestro allanarán las de la familia, en una ruta sin quiebras ni angosturas.
El maestro ha sido, es y debe de seguir siéndolo para cumplir su misión con rigor y eficacia, aquel espejo en el que se mira a diario el alumno. Es el referente de lo que se puede y de lo que se debe. Su ejemplo se muestra ante los alumnos como el conjunto de ingredientes válidos para un proyecto de vida sólida, fértil y llena de objetivos que constituirán su misma plenitud. Sólo el maestro es capaz de desarrollar esta misión. Atributos tiene para ello, su vocación le conduce a ese espacio de grandeza desde el que servir a la humanidad haciendo el bien, a través de tantas generaciones con las que ha convivido, infundiendo valores, criterios y asideros firmes para los momentos de tribulación y de dificultad.
A través de su testimonio vital, y no tanto por las palabras aunque éstas puedan ser útiles, se perfilan los hitos que delimitan el camino seguro. Camino del que el alumno, en uso de su libertad, podrá desviarse temporalmente pero al que deberá contemplar con cercanía cuando llegue la zozobra. Tiene que ser el referente de lo que es bueno para la formación de la persona, aunque la persona, accidentalmente, decida situarse en el territorio errado.
Quisiera concluir con la fotografía que un discípulo hace de su querido maestro, como vivencia de un recuerdo marcado de forma indeleble en el corazón de quien vio lo bueno y conveniente de seguir sus pasos. Un discípulo real, de un maestro también real. Estoy hablando de Edward Burne-Jones, entonces estudiante en la escuela King Edward’s de Birmingham, en cuyo centro educativo había conocido al Cardenal John Henry Newman. Su experiencia con el maestro, la relata así: "Cuando tenía quince o dieciséis años me enseñó muchas cosas que me interesan de verdad, cosas que nunca olvidaré. En una época de sofás y cojines, me enseñó a ser indiferente a las comodidades; en una época de materialismo, me enseñó a arriesgarlo todo por las realidades invisibles, y esto muy pronto, de modo que lo tenía bien arraigado en mí cuando empezaron las dificultades e iba equipado con una panoplia realmente buena cuando ingresé en Oxford, la que nunca me ha fallado. Si este mundo no puede tentarme con su dinero, sus lujos, sus honores o cualquier otra cosa que tenga en su tesoro de oropel, se debe principalmente a que él me lo dijo de una manera que me alcanzó: no reprendiéndome, prohibiéndome o mandándome demasiado, sino caminando conmigo un paso por delante... Por él quise ir a Oxford, pero cuando llegué allí no vi nada como lo que había dejado en las sucias calles de Birmingham [Frances Horner, "Times Remembered". London 1933, pág. 120]."[2]
Me da la impresión que nada más expresivo que este texto, para mostrar la grandeza y eficacia de la labor del maestro. Lo que aprendió el joven Edward eran principios que iban contra la corriente dominante, pero las enseñanzas y el aprendizaje nunca le fallaron, ni siquiera cuando empezaron las dificultades. El cómo conseguir estos resultados, no podía ser más sencillo: caminando con el discípulo, un paso por delante. Es el valor del testimonio que supera cualquier palabra por autorizada que parezca.
De todos, pero sobre todo de los maestros, es la tarea de trazar el camino que conduzca al fin propuesto.
- Referencias bibliográficas -
[1] Ortega y Gasset, José "Misión de la Universidad". Revista de Occidente. Madrid 1930; pág. 130.
[2] Charles Stephen Dessain, "Vida y pensamiento del cardenal Newman". Ediciones Paulinas, Madrid 1990, pag. 135.







